El mar es un universo que transcurre con tiempos y reglas muy distintos a lo que funcionam tierra adentro.
Leonardo Da Vinci diseñó una escafandra que no logró ser útil, y posteriormente fue el biólogo Jacques Cousteau, quien durante la Segunda Guerra Mundial desarrolló el prototipo del equipo de buceo que hoy conocemos.
La magnitud del mar infunde respeto a primera vista. Esto no lo deberíamos olvidar, aunque no hay por qué tener miedo.
Una regla de oro es: “No rompas las reglas, y el mar será un lugar amigable, rompe una sola regla, y puede ser tu peor enemigo”.
Cualquier criatura, por pequeña que sea, es más ágil e independiente que nosotros en el medio acuático. Somos intrusos por un pequeño rato. Así, que nos convertimos en observadores pasivos. No vale alterar su medio ambiente.
Lo puede practicar cualquier persona que no tenga problemas respiratorios o cardiacos, pero siempre después haber tomado un curso.
Si la desesperación es grande, algunos operadores ofrecen la opción “Discovery”, que tras un curso muy breve, da la posibilidad de hacer una pequeña inmersión a unos cuantos metros de la superficie y siempre acompañado por un instructor, aunque las aventuras más interesantes precisan de un entrenamiento y certificación.
La alteración del sentido de movilidad y gravedad, los colores y sonidos que nos llegan son muy distintos a los que percibimos en tierra, y ver la superficie del mar a 20 metros hacia arriba, nos hacen darnos cuenta de nuestra fragilidad, y son parte de la seducción que nos conduce a querer regresar muchas veces más
Fuente: estadis.eluniversal.com.mx
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